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Si yo no fuera un Van Van ¿entonces qué sería?


Olivier
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Joined: 30/03/2008


  Si yo no fuera un Van Van ¿entonces qué sería?

Autor: Emir García Meralla

Mi abuelo, Francisco García Feliú, nació un cuatro de diciembre de mil novecientos, fue amigo de Pablo Quevedo, compartió alguna que otra noche de farras con Cheo Belén Puig y con Raimundo Pía. Pero más que todo fue cómplice de aquellos trovadores santiagueros a los que siempre que le era posible trasladaba en su camión cuando hacía las interminables jornadas tras el timón de Santiago a la Habana acarreando mercancías mucho antes de que la carretera Central y el Capitolio fueran una realidad.

Este abuelo mío, mi abuelo negro, siempre se vanaglorió de haber jugado de niño con don Miguel Matamoros; y de haberse jurado en el mismo juego Abakua que Ignacio Piñeiro cuando los dos vivían en el habanero barrio de Pueblo Nuevo hasta que el sonero se mudo a la casa que hizo con sus propias manos en Jacomino y mi abuelo se estableció en Lawton; aunque siempre coincidieron en su juego Ñañigo y el abuelo fue de los cargó el féretro de su ecobio y lo sacudió para alejar los malos espíritus cierta tarde de 1968, el mismo año en que nació Mayte Barrios.

Mi padre Julio García, el hijo de mi abuelo negro, creció en La Habana a golpe de feeling y de Cha cha chá, adorando como muchos a la Aragón; uno de sus trofeos de “guerra musicales” consistieron en llevar a aquella primera novia oficial a Radio Progreso a una función de la Aragón y de preciarse de ser uno de los mejores bailadores de su barrio; el mismo barrio en que Pepe Olmos había perdido las suelas de su zapatos cuando joven y es que el “mulato de oro” de la Aragón era amigo de uno de mis tíos mayores y “apadrinó” al viejo en aquellos tiempos.

Pasaron los años y entre Pacho Alonso, Elena Burke y las canciones de Pablito Milanés y Juan Formell mi padre cruzo la línea social y en 1965 nació su hijo mayor. Era 1965 y entre las horas de estudio, los sueños por alcanzar y el amar a Pello “el Afrokán” que era vecino suyo en la barriada del Vedado se completaron sus sueños ded hombre recien estrenado. Es 1965 la hora en que Elena Burke comienza a decir aquellas “otras” canciones que no había escrito Marta Valdés y Elio Revé aún no soñaba con su primer golpe de fama; o sus primeros quince minutos y Chucho Valdés por su parte lloraba la pérdida de Amado Borcelá. “Guapacha”, que le abrió por vez primera las puertas de la fama como director de una agrupación que tocara algo que no fuera jazz, dejando huérfano su “combo”.

Mi padre fue haciendo sus espacios y de la noche a la mañana comenzó a seguir aquella nueva “onda” musical que traía la Orquesta Revé en la que cantaba “el Lele”; un mulato nacido y criado en el habanero barrio del Cerro y que antes de entrarle al “Changüí 68” era conocido como cantante de Rock & Roll; y es que con él se confirmó aquello de que “la cabra tira al monte como el negro a la rumba…” porque no es fácil borrar tanto tambor de fundamento así de un plumazo.

Los años fueron pasando y cuando los setenta estaban por comenzar Juan Formell comienza a desentrañar la madeja musical del futuro; “aún no sabía que quería hacer un buen son”; para identificar a una primera generación de cubanos que crecieron y se amaron mientras tomaban compota de palo; o simplemente idolatraban a una desconocida Marilú. La zafra del 70, los casquitos en los carnavales y el “cajón del Riviera” mostraban la nueva cara de esta Cuba que se alzaba al futuro. Entonces además de los discos de “pasta” o de acetato estaba la radio y toda la nación se paralizaba a las 7:00 p.m. para ver las aventuras de Enrique de Lagardere y su corazón de oro y para después esa misma familia sentarse toda en la mesa pasadas las ocho de la noche, cual si estuvieran en una misa espiritual, a escuchar el programa de Rita y Paco –que es como llamaban a Alegrías de sobremesa—porque los Lunes estaba la Aragón y los jueves Los Van Van. Después los que quisieran escuchaban Nocturno o los que no se sentaban ante el televisor a ver la novela del momento en el espacio Horizonte, que entonces transmitía La casa nueva, en la que un tema de los Van Van era el cierre musical de aquel espacio y entonces en la sala de la casa todos tarareaban y bailaban con la habana joven, otros soñaban con ser capitanes de la naciente flota mercante. Era el comienzo de los años setenta.

Comenzaba la era Van Van en la música cubana y Juan Formell, siempre trovador se arriesga a poner a bailar a toda cuba cuando musicaliza un poema de Nicolás Guillén; para aquel entonces ya el catalán Joan Manuel Serrat se hacía popular con sus versiones de poemas de Antonio Machado y de Miguel Hernández y Omara Portuondo se nos metía a los cubanos en la piel cuando cantaba La era de Silvio Rodríguez y el GES era la moda entre muchas personas por aquello de Cuba va.

Los setenta siguieron su curso y un buen día Chucho Valdés volvió a la carga en la música cubana esta vez con Irakere y la voz de Oscar Valdés y a comer “…bacalao con pan todos…” ; pero los Van Van ya comenzaban a generar sus seguidores y entre “…no querer discutir de pelota y el Guararey de Pastorita…” –el único tema de Formell que ha sido interpretado en ruso sin perder su musicalidad natural—el gusto de los bailadores en los carnavales comenzó a ser diverso hasta que el Lele se va de la orquesta y Pedrito Calvo se convierte en el cantante que debe dar la cara a los “vanvaneros de la primera generación”.

Yo, que había nacido en 1965, a la corta edad de diez años ya entraba en la órbita de la música de Formell y sus muchachos; y es que lo mismo en mi casa que en la de los vecinos los Van Van eran parte de la familia; a pesar de que en mi pedazo de barrio Oscar Valdés era quien se ocupaba del pelo de todas las negras de la zona cuando llegaba en su moto a hacerles el derríz; un derríz a golpe de potasa y no se que otro elemento. Me convertía en un Van Van de quinta o sexta categoría de acuerdo con mi edad, por que repetía en la escuela aquello de que “… a la Hino eh… que bolá…” o que “…estaba allá en la playa…”.

Había categorías para ser un vanvanero. Estaba la primera a la que pertenecían aquellos que estuvieron en el momento fundacional, los que tuvieron la suerte de estar en el primer baile y que a la luz de unos cuarenta años se cuentan por miles, no importa en que lugar de este planeta estén; ellos son Van Van. Una segunda categoría incluye a aquellos que una vez desatada la orquesta poco a poco se fueron identificando y además de ir a los bailes y comprar los primero discos repetían los pasillos y la jerga impuesta por el primer nivel; y así sucesivamente hasta llegar al lugar en que yo me encontraba para mi edad y mis pocos conocimientos del baile.

A fines de los setenta parecía que los Van Van se estaban agotando. Parecía… pero Juanito Formell decidió correr la suerte del cambio e incorporó los trombones y la era del “buey cansado” comenzó para los cubanos de todas las edades y el estilo de Israel Sardinas llegará hasta el mismo comienzo de los años noventa. Los seguidores, que para ese entonces ya comenzaban a formar la primera fanaticada real le perdonaron a Formell que se perdiera en devaneos musicales con alguna que otra cantante.

Los años ochenta; Van Van estaba a punto de celebrar sus primeros quince; su edad de rosa en la música cubana cuando Cesar Pedroso desde el piano de la orquesta se abre al mundo como compositor; y a sandunguear todos los cubanos y las cubanas como es debido mientras la orquesta entona un danzonete.

Israel ya no está; un oscuro accidente de conciencia y de vida le dejó en México y se hace necesario volver a montar sus temas, que a toda Cuba gustan. Vuelve Pedrito Calvo a llenar el espacio, pero esta vez será el “la voz” y la imagen de la orquesta al colocarse su sombrero. Todos los hombres de alguna manera comenzaron a querer ser un poco “Pedrito Van Van” y si eso no alcanzara hasta la misma sociedad se vanvanizó por vez primera.

Los años ochenta y Oscar de León cruza por Cuba con una fuerza inusitada. Ahora los que nacieron en los sesenta ya comienzan a pasar de los quince y se acercan a los veinte; la “generación de la compota de palo” comienza a ganar espacios y a tener hasta sus primeros hijos y hay bonanza económica tal que los discos de los Van Van están al alcance de la mano de todos sus seguidores pues ya tenemos una fábrica de discos en el país; al oeste de La Habana.

Los Van Van comienzan a recorrer el mundo y Formell en un acto de rebeldía aclara que él y sus músicos no van a otras tierras para cantar la Guantanamera; y no es que le avergonzará hacerlo… no… El son de la loma y la Guajira Guantanamera eran algo que se debía superar… en Cuba hay otra música que merece ser escuchada y respetada.

Dadme un sintetizador y moveré el esqueleto; comenzaron a decir los músicos cubanos ante la llegada de la tecnología a fines de los ochenta y los DX3 y DX5 de Yamaha comenzaron a sustituir a las organetas Vermonas y de otros nombres que no pocas veces dejaron a las orquestas a la mitad del baile por nadie sabe que extraño cable o que transistor de aquellos que pesaban hasta una libra que se partía o pedía su acero ante la fuerza y el sabor de un montuno.

Crecíamos y nos reproducíamos a golpe de la música de los Van Van, muy a pesar de que otras orquestas y otras músicas estuvieran presente y hasta resultaran más favorecidas; siempre regresábamos a Formell y a sus muchachos.

Los años noventa llegaron con sus noches interminables, sus cotidianas ausencias y aquel disco de Carlos Varela en que los peces y Miguel Matamoros simbolizaron parte de nuestros sueños; entonces los cubanos nos refugiamos en la música y los Van Van comenzaron a escribir el manifiesto de los nuevos tiempos y es que hacer negocios y luchar requerían de un “socio” competente y leal. Eran los noventa en su primera mitad y los Van Van se arriesgaron a cambiar, entonces llegaron los collares de santería a toda hora, las Biblias fueron desempolvadas y muchos de los amigos de toda la vida comenzaron a emigrar y para ellos su música sacra eran los Discos de Van Van a pesar de que una parte del mercado musical se refugio en la tradición y sus agoreros comenzaron a negar los nuevos tiempos… y quien dice que Formell y su música no son tradicionales… o es que la tradición tiene tiempo preestablecido…

Los GRAMMY se convirtieron en la gran moda de la música cubana en estos años; las nominaciones llovían lo mismo para los que estaban dentro como para los que estaban fuera… alguien quiso dividir la música cubana en segmentos y en naciones olvidando que esta funciona como sistema, ignorando que hacer un buen son incluye el ingrediente vanvanero y en eso llegó el GRAMMY de Formell con un disco fantasma; si fantasma porque muchos lo conocieron gracias a la piratería, esa enfermedad de estos tiempos que esta corroyendo la industria de la música y que todo cubano tiene en cualquier lugar de este mundo en que se encuentre.

Pero había un GRAMMY para Van Van y aquello fue fiesta nacional antes de que comenzara el nuevo siglo y es que el error del milenio en Cuba fue olvidar que cinco generaciones de cubanos estaban directamente ligados a esta música y nos olvidamos del vanvanodromo y del monumento al songo como las obras cimeras de la arquitectura musical cubana de estos tiempos.

Mi abuelo decidió morirse en los años ochenta, unos meses después de Antonio Arcaño; mi padre aún sigue amando a La Aragón, la misma orquesta con la que sedujo a mi madre y gracias a cuyos boleros nací yo: pero aún cuenta su amistad con Gerardo Linares aquel que fue violinista de los Van Van por muchos años. Pedrito Fajardo, que hoy toca el violín en esa misma orquesta, fue junto al saxofonista Hammadi Bayard y al pianista Juan Carlos González compañero de juegos en aquella lejana infancia cuando nos recetaban compota de palo después de las travesuras infantiles; y dio un rumbón de marca mayor cuando fue reclutado por Formell. Los dos primeros viven lejos de nuestro parque de juegos infantiles aunque cuando viajan a la Habana persiguen a la tropa de Formell día a día, como para alimentar su fanatismo.

Decididamente soy un Van Van como todos los cubanos después de cuarenta años; soy tan Van Van lo mismo que mi hijo que a pesar de sus cortos cinco años ya exige su militancia. Yo, no puedo ser otra cosa.

Olivier
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Joined: 30/03/2008

   El autor está al principio del texto. Estaba en un foro de salsa de Madrid.

Vanvanero
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Muchas gracias Olivier por colgar este texto, es sencillamente maravilloso.

Reconozco sin pudor que llegó a emocionarme y me aguó los ojos.

No citas la fuente, ¿donde apareció publicado?

 

 


 

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