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De uno a otro Revé


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Cheroki
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De uno a otro Revé
 
A la orquesta de Elio Revé Matos le llamaban con toda razón "escuela". El viejo tenía una ética: nunca dejar de ser lo que se era y defender una identidad sin concesiones. Ese espíritu está presente hoy en la continuidad de su obra.


Pedro de la Hoz | La Habana


Elio Revé

A la orquesta de Elio Revé Matos le llamaban con toda  razón "escuela". Fundada en 1956, por sus atriles han pasado, desde entonces a acá, más de un centenar de músicos y, en la línea delantera, sobrepasan las dos decenas de vocalistas que han encontrado en ella abrigo y estímulo para empinarse profesionalmente en el dominio de los géneros del complejo del son.

El viejo tenía una ética: nunca dejar de ser lo que se era y defender una identidad sin concesiones. Ese espíritu está presente hoy en la continuidad de su obra: el Charangón, ahora bajo la responsabilidad de su hijo, Elito Revé, está logrando, sin muchos aspavientos pero con puntualidad y altura, un significativo impacto en la música popular bailable actual cubana. Temas como "Andan diciendo por ahí" y "El dominó" se cuentan entre los más demandados por los bailadores. En Santiago de Cuba y en Expocuba, el gran recinto ferial de las afueras de La Habana, el Charangón ha reunido a multitudes enfebrecidas que corean sus sones. A escala internacional, entre el 2002 y este 2004, presentaciones en festivales como el de Jazz de Santa Lucía donde compartieron con Boyz II Men, Forplay, Earth, Wind and Fire, Herbie Mann, y el cuarteto de Michael Brecker, y teatros y plazas de Italia, Suiza, Francia, Bélgica, Holanda, Gran Bretaña y Alemania, consolidaron su perfil. La más reciente muestra de aceptación internacional la tuvieron en el Festival de Jazz & Blues Air Jamaica que se celebró del 22 al 25 de enero de 2004, en un cartel donde sobrepasaron las expectativas al alternar con India  Arie, Michael McDonald y Nancy Wilson.

No se trata de un fenómeno circunstancial, sino de la continuidad de una denominación de origen y de la voluntad por relacionar la tradición con la contemporaneidad.

Revé padre provenía de Guantánamo, en el extremo oriental de la Isla, donde nació en 1930. El dato es importante por cuanto señala la pertenencia a un tiempo y una geografía en los que la tradición musical de mayor incidencia en el sustrato folclórico de la región —el changüí— había cuajado como variante sonera en plena sazón.

Si hacia finales del siglo XIX, el changüí, tal como se conocía a una especie de copla sincopada, de origen rural, dotada de un núcleo ritmático caracterizado por el uso del bongó y la marímbula (caja de madera de forma rectangular o trapezoidal, con un orificio de resonancia situado en la tapa frontal y en la que se ubica una serie paralela de flejes o lengüetas que se puntean con la yema de los dedos) y el uso del tres (nunca de la guitarra) como elementos armónico-rítmico estructurador, se había desplazado hacia Santiago de Cuba y otras zonas del Oriente cubano y contribuido a la evolución del son, ya a la altura de la medianía del siglo XX, en el propio Guantánamo, se había constituido como la más importante síntesis de la identidad musical de la región, que se hacía presente no solo en los conjuntos típicos —con Chito Latamblet y Rafael Inciarte se había logrado un momento de estabilidad interpretativo del máximo nivel— sino en otros formatos, como el de la orquesta Armonía, en la que Revé participó.

La “nacionalización” del changüí no se hizo esperar. Cuando Revé se instaló en la capital cubana y fundó su orquesta bajo el formato de la charanga —se vivía otro gran momento para este tipo de agrupaciones, alentadas por el éxito de la Aragón y la América—, llevaba el changüí en la sangre y había adaptado su patrón rítmico a los timbales (pailas), instrumento en el que era un intérprete excepcional. La fusión del changüí con las especies soneras en boga marcó el sello distintivo de la agrupación y fertilizó otros muy valiosos cauces de la música bailable cubana de la segunda mitad del siglo. El caso más evidente, y sin embargo insuficientemente estudiado, fue el del "songo", especie concebida por Juan Formell como marca de identidad de Los Van Van. Solo que a veces se olvida que el embrión del "songo" se concibió entre 1967 y 1968, cuando Formell fungió como contrabajista y arreglista de la charanga de Revé.

A partir de los años 80, plazo en el que la salsa, con amplios desarrollos focalizados en Nueva York y Puerto Rico, volvió a una de sus cunas, Cuba, y los músicos de la Isla le dieron una vuelta de tuerca a su sonido, la formación de Revé tomó nuevos aires, sin cortar el cordón umbilical changüisero, más bien reforzándolo en la marcha rítmica que sustentó la introducción de los trombones como voces tímbricas definitorias del estilo Revé. Puede hablarse de una doble definición en este caso: por una parte, a diferencia del uso que se le dio a los trombones por Formell en Los Van Van y Willie Colón en su banda, Revé les confirió una carga semántica orientada a subrayar el discurso rítmico-armónico, mientras que por otra, y a diferencia de muy vivas evidencias de transición del son a la salsa (en la variante insular que se conoció como "timba"), Revé optó por una operación a la inversa: desde el entorno salsero-timbero acentuó el espacio del son.

Elio Revé Matos no pudo coronar su obra. Un absurdo accidente en la Autopista Nacional tronchó su vida en 1997. No así la de la orquesta. Por suerte, su hijo Elito Revé ya era tecladista de la agrupación y a su formación académica unía un aprendizaje práctico no solo de todos los secretos del modo de hacer de su padre, sino también de toda una filosofía de la música basada en tres líneas de pensamiento: contar con la tradición changüisera como elemento vivo, prestar atención a los hallazgos de los nuevos tiempos sin dejarse obnubilar por ellos, y seguir de cerca las demandas de los bailadores.


Elito Revé

El actual repertorio del Charangón bajo la égida de Elio Revé Jr. se caracteriza por la fidelidad hacia el changüí, asomado en un primer plano protagonizado por la combinación del contrabajo y las pailas —resultará sorprendente, para quienes conocen el sonido de Elio Revé Matos, como el nuevo timbalero incorpora detalles en el golpe y la dicción, como los rompimientos en abanico— y la densidad tímbrica de las voces en los coros, en la búsqueda de un color agudo y rajado que remeda la emisión de los órganos vocales añejados de los cantores primigenios. Temas donde el dicharacho, la anécdota y la ocurrencia callejera impregnan de chispa popular el ambiente festivo se pueden bailar de dos maneras: en coreografía de pareja (recomendable sería seguir los pasos del "casino") o sencillamente en solitario, dando rienda suelta a la gruesa explosión de sonidos. Piezas en las que se funden los más intrincados hilos de la evolución contemporánea del son, en tanto no hay vacíos en la madeja tejida a partir de la definida célula rítmica.

De tal manera puede confirmarse que de uno a otro Revé, la música cubana se mueve en una trama de confirmación y apertura.

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